Harta de la insatisfacción de lo que me rodeaba, empecé a cuestionarme desde muy temprana edad por qué yo era como era y por qué la gente era como era.

Observaba a las personas y cómo actuaban ante las diferentes situaciones. Después de mucho observar, llegué a la conclusión de que la personas usaban máscaras frente a los demás. Todos teníamos miedos, pero tratábamos de ocultarlos. ¿Por qué? Las técnicas eran diferentes, unos a través del arte, otros a través de la simpatía, algunos a través de la agresividad. Pero siempre con el mismo fin, todos queríamos agradar.

Años después, estudiando Sociología en la universidad, tuve la oportunidad de leer La presentación de la persona en la vida cotidiana de Erving Goffman, publicada en 1959. En esta maravillosa obra, el autor utiliza la metáfora teatral para explicar el comportamiento del individuo como si de una representación se tratase y en la que usamos diferentes máscaras para adaptarnos al momento. Al final del día, cuando estamos solos, nos quitamos todas las máscaras para ser nuestro YO real.

Después de años de análisis, observando diferentes ámbitos de la sociedad y distintas sociedades, sigo llegando a la misma conclusión: todos queremos agradar a los demás y sentirnos valorados. El problema es que en muchas ocasiones se persigue ese objetivo al precio que sea.

 

El sistema político, económico y social que tenemos en la mayoría de países industrializados nos obliga a abdicar a él como la vía más fácil para sobrevivir. Sin embargo, cada día observamos como valientes se atreven a demostrar que otras formas de hacer las cosas son posibles: cooperativas de la economía social y sostenible, la Economía del Bien Común, la economía circular, el trueque, otros sistemas educativos. Son grandes científicos, docentes, pensadores, creadores, genios, que nos enseñan y abren nuevos caminos.

 

Apuesto por todas esas nuevas formas.

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